Desde que los primeros exploradores y aventureros europeos
se internaron en la Amazonia en busca de El Dorado —siguien-
ndo el curso del río Amazonas y sus afluentes— esta
selva nunca dejó de ser una fuente potencial de riquezas en
la imaginación de los brasileños. La enorme explotación de
caucho a comienzos del siglo XIX produjo un breve periodo
de crecimiento en Manaus y Belém, las dos ciudades mayores
situadas en medio de la jungla. Pero cuando Brasil dejó de
tener el monopolio del caucho (Inglaterra sustrajo subrepticiamente
la planta y la reprodujo con mayor éxito en Malasia,
constituyendo uno de los primeros casos de biopiratería), la
Amazonia volvió a aislarse del resto del país por distancias y
barreras geográficas casi insuperables para la época.
A finales de los años cincuenta del siglo XX el destino
de la Amazonia empezó a cambiar con la construcción de
la carretera que une Belém con Brasilia, capital del país,
ubicada en el centro de Brasil. La extracción maderera a
gran escala en la región amazónica se practica desde hace
más de 300 años, pero al principio se realizaba de forma
manual y se limitaba a la selva de las planicies aluviales, pues
los árboles derribados podían ser transportados a través de
los ríos en dirección a los pequeños aserraderos. El suelo
de las planicies aluviales es el único verdaderamente fértil
en la Amazonia y nuevos árboles crecían en la misma área
en poco tiempo. Después de la construcción de carreteras,
la extracción maderera ha cambiado radicalmente ya que
el acceso vial facilitó a los madereros el ingreso a nuevos
territorios, lejos de los márgenes fluviales.
Un miedo patriótico asaltó a los sucesivos gobiernos militares
en las décadas de los sesenta y setenta: en su concepción,
si la Amazonia no se poblaba se perdería. Este sentimiento
fue la motivación de un nuevo plan de seguridad nacional:
por allí podrían penetrar elementos subversivos de otros
países de Sudamérica (entre otras cosas les preocupaba las
actividades del Che Guevara en Bolivia). Asimismo y por
diversas razones (algunas bien conocidas por los mexicanos),
durante muchos años existió un temor latente originado
en el hambre expansionista de Estados Unidos. A la par, el
régimen lanzó un programa de incentivos destinado a atraer
capital multinacional y brasileño. Como resultado, no sólo
las corporaciones arrebataron grandes parcelas de tierra virgen,
también los especuladores hicieron buenos negocios. La
inflación crónica y el hecho de que no hubiera un impuesto a
las ganancias del capital, convirtieron a la inversión en tierras
en un excelente negocio para los ricos y poderosos.
Hoy día, estos grandes terratenientes no suman más de
4.5% de los propietarios de tierras en Brasil, y son dueños
de 81% de las tierras agrícolas del país, lo cual muestra la
asimetría enorme existente en el medio rural brasileño en
cuanto a la distribución de la riqueza y a los beneficios obtenidos
de las políticas de subsidio del gobierno federal.
Para tener una idea de la extensión de las tierras concesionadas
por el gobierno a las empresas multinacionales,
consideremos los siguientes ejemplos: la British Petroleum
asociada a la Brascan (empresa que explota aluminio), posee
en concesión un área total de 174 588 km2 que equivale al
área que ocuparían cuatro Suizas juntas. En segundo lugar
destaca el grupo angloestadounidense Bozzano-Simonsen
con un total de 44 993 km2, que equivale al tamaño de
Suiza. Es importante mencionar que varias de las empresas
multinacionales que operan en Brasil y que poseen
cuantiosas áreas asignadas para su explotación comercial
han participado activamente en la destrucción del medio
ambiente, en particular en lo que se refiere a deforestación,
violando abierta y sistemáticamente las leyes ambientales
brasileñas.
Otro ejemplo es la historia de la Companhía Forestal
Monte Dourado: en 1967, el magnate naviero norteamericano
Daniel Ludwig pagó a la dictadura militar en turno tres
millones de dólares a cambio de la propiedad de 16 000 km2
de bosque tropical sobre el río Jari, cerca de la frontera con
la Guayana Francesa. Al año siguiente, comenzó a plantar
amplias extensiones de árboles exóticos de crecimiento rápido
destinadas a la fabricación de pulpa. La empresa fracasó,
tal como lo había hecho cuatro décadas antes un proyecto
menor emprendido por Henry Ford para el cultivo de gomeros:
algunas enfermedades y la delgadez de la capa fértil
imposibilitaron el desarrollo satisfactorio de los árboles.
Tampoco el destino es muy halagador para aquellos
que protegen la selva, como es el conocido caso de Chico
Mendes. Cuando los terratenientes comenzaron a tornar
selvas tropicales en pastizales para ganado, Chico Mendes
usó como ventaja táctica levantar el estandarte de la ecología
para defender la forma de vida de los habitantes de la selva
y fue un eficaz abogado de los seringueros (recolectores de
caucho); pero terminó acribillado por los gatilleros de los
terratenientes.
En la historia reciente, la forma agrícola predominante
en la región amazónica ha sido la actividad pecuaria, que ha
llegado incluso a representar 50% de todas las actividades
productivas. La mayoría de los pastizales, producto de la
deforestación, es utilizada para prácticas de ganadería extensiva
y cada uno de ellos ocupa en promedio un área de
24 000 hectáreas. Una de las practicas más comunes en esta
actividad es la quema del pasto en la estación seca, que ocasiona
casi todos los años inmensos incendios en los bosques
vecinos y sitúa a Brasil en el cuarto lugar en emisiones de
carbono en el mundo (un quinto de las emisiones debido al
uso de combustibles fósiles) y en primer lugar en emisiones
por quema de vegetación.
En la década pasada, la mayor producción maderera mundial
provenía de las selvas tropicales del sudeste Asiático.
Después de que esta fuente quedó virtualmente agotada,
las grandes madereras multinacionales se interesaron activamente
en la Amazonia brasileña. De esta manera, Brasil
pasó de producir 2% de la madera mundial a 8% en los
últimos seis años. Uno de los casos más conocidos de la
voracidad con que las empresas madereras asiáticas han
venido destruyendo la Amazonia fue dado a conocer por
una comisión especial de la Cámara Federal de Diputados
a finales de 1997. El informe de esta comisión denuncia
que de las trece empresas madereras asiáticas que operan
en la Amazonia doce fueron sorprendidas en operaciones
ilegales por los inspectores del IBAMA (Instituto Brasileño del
Medioambiente). La WTK de Malasia, por ejemplo, compró
una extensión de bosque tropical nativo en el estado de
Amazonas equivalente a 40% del tamaño de Bélgica. Parte de
esta propiedad estaba situada dentro de una reserva indígena
que por ley no puede ser vendida.
En “respuesta” a una invasión de tal magnitud, el gobierno
brasileño dentro de su proyecto de privatización del patrimonio
público (también en Brasil la mentalidad neoliberal
está de moda), ha anunciado un proyecto de concesión para
la explotación maderera de bosques de propiedad pública
conocidos como FLONAS (Bosques Nacionales) y que fueron
creados originalmente con la intención de proteger zonas
de interés mineral o para ofrecer una área de protección
mínima en las cercanías de las reservas indígenas. A partir
de ahora, los FLONAS podrán ser explotados por el sector
privado. El IBAMA garantiza que dentro de este proyecto las
empresas concesionadas desarrollarán un plan de manejo
sustentable que será supervisado de manera intensiva por
el gobierno. Sin embargo, el propio IBAMA reconoce que de
3 700 planes de manejo forestal evaluados por sus técnicos
hasta agosto de 1996, 60% fueron suspendidos por serias
irregularidades o por absoluta falta de condiciones para ser
autorizados.
Como si desconociera la historia de la deforestación que
prácticamente anuló los bosques en las demás regiones del
país, el gobierno brasileño sigue actuando con lentitud en
la defensa de su patrimonio forestal y dando prioridad a los
intereses de los capitales privados en la región amazónica,
siempre brindando argumentos basados en las aspiraciones
“desarrollistas” del Brasil. Estos argumentos, aunque tienen
cierta lógica, no reducen los daños generados en los bosques
brasileños, pues de acuerdo con lo dicho anteriormente,
este esfuerzo casi siempre estuvo regido por una mezcla de
codicia, estupidez y falta de visión. El colonialismo del cual
Brasil fue víctima en sus tres primeros siglos y que destruyó
buena parte de sus bosques no ha terminado, solamente que
hoy tiene otro nombre: globalización. La historia de la deforestación
en Brasil tiene matices muy particulares, pero no es
del todo diferente de lo que históricamente ha sucedido con
el resto de los países de América Latina incluyendo México
donde, desde la llegada de los españoles, se inició otra “noche
triste” cuyo ejemplo más notorio fue la destrucción del
ecosistema lacustre del Valle de México. Eduardo Galeano,
renombrado escritor uruguayo, expresa acertadamente y
en pocas palabras la triste historia de nuestros países, muy
ad hoc con lo que hemos visto en párrafos anteriores: “Si
el pasado no tiene nada que decir al presente, la historia
puede quedarse dormida, sin molestar, en el ropero donde
el sistema guarda viejos disfraces. El sistema nos vacía la
memoria, o nos llena de basura, y así nos enseña a repetir
la historia en lugar de hacerla. Las tragedias se repiten como
farsas, anunciaba la celebre profecía. Pero entre nosotros, es
peor: las tragedias se repiten como tragedias.”











